POETAS
Desde un rincón los observaba.
Eran jóvenes y bebían, bailaban
y su risa, para esa noche
reservada, salía a borbotones.
Más allá de las voces y la música
los miraba avanzar hacia
sus propias definiciones, hacia
sus obras futuras, que no existían,
hacia su minuto de fama y,
por la senda más oculta, hacia la muerte.
Se veían felices, quién lo duda;
mas yo supe ver también una amargura
domeñada por el talento y el sarcasmo
de quien, más allá del esplendor en la hierba
y la gloria de la flor, advierte
cómo el diamante de su inteligencia
ilumina
la descomposición de la naturaleza.
HIMNO A UNA PAREJA A QUIEN SEPARÓ
LA MUERTE
Junto al despeñadero
relámpagos, estruendo.
De tumbo en tumbo,
la moneda cae de canto.
Alba y ocaso se alternan
y el oro fulge en ambas caras.
Águila y sol se reconcilian.
Carrusel ebrio, la moneda rinde su costado;
una cara mira ya la tierra para siempre;
la otra a la intemperie aguarda
que el viento borre sus facciones,
que la lluvia y el torrente
entre su limo la sepulten.
EL IMPERIO DE LA LUZ
Los cocuyos a la sombra de un árbol, en la noche.
Los cielos de Van Gogh echados sobre las barcas.
El quinqué de mamá grande creando fantasmas
en las paredes y en las sábanas del verano.
Una niña que se esfuma en el entramado del viñedo.
El huevo solitario que se confunde con el plato
donde está servido, tembloroso, transparente.
Una camisa a las volandas, tendida al sol,
vista desde la ventanilla de un tren en marcha.
La primera sangre de todas las heridas.
Las campanadas de la madrugada.
El adagio de la Quinta sinfonía de Mahler.
Mis hermanas Neche y Sari sonriendo al mismo tiempo.
La alegría de Rubinstein en los nocturnos de Chopin.
Las carcajadas de Ella Browne a los noventa años,
sola, ciega y sorda en Montemorelos.
Las manos de Yo-Yo Ma tocando
las suites para chelo solo de Bach.
Lo que alcanza a vislumbrar el niño que nace.
El cuadro de René Magritte, noche abajo, día arriba.
Los hexagramas del I Ching.