LA MUJER QUE NO DABA VUELTA A LA PÁGINA
En el asiento de al lado estaba esa mujer. Llegó cinco minutos antes de que decidiera pasar la noche en el inmenso aeropuerto y diez minutos después de que un gentil policía me confundiera con un árabe y me auscultara hasta por debajo de la muela del juicio.
Esa mujer no me miró a los ojos al sentarse. Traía un pantalón de mezclilla entallado, blusa verde, zapatos altos. Esa mujer tenía los senos grandes y la boca roja. En la mano izquierda llevaba un libro de pasta dura, y en la derecha, un pañuelo con lágrimas.
Esa mujer apoyó una pierna sobre la otra y abrió el libro en cualquier parte. Pasó de las diez de la noche a las dos de la madrugada sin darle vuelta a la página, la mano temblorosa, la mirada fija en la palabra desamor. Esa mujer se alejó sin dar explicaciones. Así como una hoja que el viento arrastra, se perdió en el largo pasillo. En sus pasos sin rumbo fue dejando la huella de la desilusión.
EL HOMBRE QUE BAILABA SIEMPRE
UNA CUMBIA ANTES DE DORMIR
Vivía solo el hombre. Y vivía solo porque el hombre era tan hombre que ya en ningún rincón de su cuerpo o casa cabía un beso de mujer, una caricia siquiera, una mirada. El hombre era tan hombre que trabajaba día y noche, como se dice. Salía temprano en su Ford rumbo al despacho, se detenía en el estanco a comprar el periódico, le decía a la mujer qué día, mujer, o qué sol, mujer. Pagaba con monedas justas y continuaba su trayecto.
Ya en el despacho, el hombre comía un sangüich de jamón con panela, una coca-cola, decía voy al dobleucé y minutos después regresaba subiéndose la bragueta, sonriendo aquí y allá, a veces alegre de su pasado o de la vida que vivía en soledad, como se dice.
Le decían El Soltero, algunas veces, para hacerlo enojar, pero él no hacía caso, en verdad que no lo hacía; más bien se sentía desamparado, como cuando uno ve entre las olas un pez realmente grande o una gaviota, y no sabe si llorar de la alegría o reír de la tristeza.
En las noches, poco antes de que el cansancio lo venciera vivía solo, al fin el hombre iba a su cuarto de libros tenía muchos, pero no era un gran lector, metía el disco de cumbias, lo ponía bajito para no levantar al vecindario y, abrazado a sí mismo como a una roca, comenzaba a bailar, desentendido. Y el hombre bailaba y bailaba por horas, de una esquina de la habitación a la otra, de una punta del éxtasis a la otra, solo, y esa era, pensaba el vecindario o decía entre cuchicheos, la única manera en que el hombre era feliz, la única que lo hacía olvidar que su mujer y sus dos hijas se fueran, para siempre, de la casa.
VIDAS PARALELAS
A veces estás en tu cuarto de libros, tras la ventana, escuchando un tango, pensando en la manera de atrapar una idea o deseo que te vino a la cabeza o al corazón, y te pones a pensar en la vecina de al lado. Detrás del escritorio, frente a la máquina de escribir, muchas veces piensas en lo que sería de ti si no fueras este que eres y fueras el esposo de la vecina de al lado, que ahora barre la hojarasca de la tarde. Abres un poco la ventana para observarla y piensas. Ahora ella desenrolla la manguera y la estira hasta que el chorro de agua empapa los rosales, las margaritas. Luego se sienta en el borde de la banqueta y mira a esa niña de trenzas que corre en el jardín, al niño en el columpio, a los perros que husmean las raíces de los árboles caídos.
De pronto te enfadas por no ser el esposo de la vecina, tan joven y tan hermosa, en su soledad consuetudinaria. Te enfadas de ser este que eres, de no haber podido hacer nada con tu destino. Tu destino se hizo solo, sin ti, y te llevó o trajo a ser lo que ahora eres, a tener ese trabajo, esos disgustos con la noche, ese cuarto de libros en el que te pasas horas leyendo o tratando de atrapar esa idea o deseo que te atravesó la cabeza o el corazón. Quisieras realmente, realmente lo quisieras, poder volver algunos pasos, retroceder un toque en el pasado y corregir el rumbo, virar hacia la izquierda o la derecha, y continuar en otra dirección, en esa que te hubiese llevado a ser el esposo de la vecina de al lado.
Ahora sale de la casa un hombre y va y se sienta a su lado, y la besa y la abraza como queriendo fundirse en esa tibieza. Y tú observas cómo la acaricia, y cómo baja su mano por la espalda, le aprieta la cadera como llamándola, como trayéndola de un hondo silencio que la ahoga, y ese hombre podrías ser tú mismo o eres tú, piensas, volteas hacia la ventana donde estabas y no te encuentras.