Libella





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Luis Armenta Malpica


Poeta, ensayista, traductor y editor, Luis Armenta Malpica ha obtenido casi cuarenta reconocimientos nacionales e internacionales en poesía, cuento y novela, entre los que destacan los premios “Clemen-cia Isaura”, “Efraín Huerta”, “Ramón López Velarde”, “Alí Chumacero”, “Benemérito de América”, “Amado Nervo” e iberoamericano de poesía “Continentes”. Expremio de poesía Aguascalientes, en 1996. Autor de trece poemarios publicados: Voluntad de la luz, Cantara, Terramar, Des(as)cendencia, Vino de mujer, Nombra-día —desde el hielo anterior, Ebriedad de Dios, Luz de los otros, Ciertos milagros laicos, La pureza inaugural, Mundo Nuevo, mar siguiente, San-grial y El cielo más líquido. Libros y poemas de su autoría han sido traducidos al inglés, francés, alemán, italiano, catalán, rumano, portugués, árabe y ruso.


XVII



Para Hugo Noé Preciado




La duda es mi certeza cuando dicen que estás


igual conmigo que en el agua.


Cuando bebo una gota de lo que fui


del vaso que llenaré contigo y que han vaciado


del Iguazú hasta el Niágara durante trece lunas, dos ojos y este cuerpo que viene


de su destino


de ola.


No dudo que la piedra me acompaña


para dejarme


junto a un fuego de peces.


No dudo que la roca sea el límite del agua:


fundación de la estirpe, cronómetro del mundo


que así te santifica.




Yo creo en un solo Dios


que no está


solo.




XVIII




Dios no repite al hombre, ni al árbol, ni a la roca.


¿Por qué he de repetir que te amo, tantas veces


si no para mostrar mi insuficiencia?




Amor, una vez dicho


basta.




XIX




Miro mirar tus ojos.


Extiendes cada punto de la luz


hasta sus perspectivas imposibles.


¿Qué hay detrás de la luz?


Es un espejo: el cristo de tu cuerpo


entre mi cuerpo.




SIGLO XX



A la vida no le debo ningún recuerdo,


pero le debo mi vida entera.


Lucian Blaga




Todo empezó una noche del primero de julio


en el año noventa


de la tierra:


la muerte bajó al agua (incomprendida)


cuando el hombre en el agua de sí se bautizaba.


Te imaginó y se dijo: hágase ya la luz


para mirarte.


Y se hicieron los lunes y los sábados


en que habías de volver de tu oficina, cubierto


de cenizas


de los otros


del tiempo


que transcurre de tu boca a su boca.


Para empezar a andar en los segundos


en su reloj de arena formaron los minutos, las horas, los días, años y siglos