Libella





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Luis Armenta Malpica


Poeta, ensayista, traductor y editor, Luis Armenta Malpica ha obtenido casi cuarenta reconocimientos nacionales e internacionales en poesía, cuento y novela, entre los que destacan los premios “Clemen-cia Isaura”, “Efraín Huerta”, “Ramón López Velarde”, “Alí Chumacero”, “Benemérito de América”, “Amado Nervo” e iberoamericano de poesía “Continentes”. Expremio de poesía Aguascalientes, en 1996. Autor de trece poemarios publicados: Voluntad de la luz, Cantara, Terramar, Des(as)cendencia, Vino de mujer, Nombra-día —desde el hielo anterior, Ebriedad de Dios, Luz de los otros, Ciertos milagros laicos, La pureza inaugural, Mundo Nuevo, mar siguiente, San-grial y El cielo más líquido. Libros y poemas de su autoría han sido traducidos al inglés, francés, alemán, italiano, catalán, rumano, portugués, árabe y ruso.


2


De niña me enseñaron que yo era una manzana


y el hombre era el cuchillo.


Las mujeres teníamos que lograr que nos pelaran


se hundieran hasta el mango en nuestra carne


y le dieran salida a las semillas.



Ya en espiral


-con nuestra piel deforme, oscura por el tiempo-


el amor podía ser algún mordisco


un apretar los dientes


y ser mujer


callando...



Pero yo no callaba... me decía en los poemas.



A golpes -como aprendió su madre-


fue lección de mi madre: la cocina es el mundo


de la mujer que calla.


Entre especias, vinagres y embutidos


esa dulce manzana de mi vida se llenó de gusanos.



No callaba: mis hijas me costaron, cuando menos, un grito.


El amor, esa lata carísima


se quedó en la alacena.



Un día, por buscarle acomodo al aguardiente


lo tiré a la basura.




Sé lo que hacen los lazos en todas las mujeres


aunque sean familiares.


Al encender el horno (¡ay, Sylvia Plath, te envidio!)


al picar la cebolla


lo recuerdo...


Las profundas estrías de la garganta


son mi paso de Dios


a la intemperie.



Perdí mi casa


cuando llegó el alcohol como el mesías.


Después perdí a mis hijas, una a una.


Pero rezaba, así, como callando: «Señor, esta es tu sangre...»



Tu madre se nos muere


les digo a mis tres hijas, luego de cada sorbo.


Ellas tan solo lloran, muy quedito


como diciendo: ¿cuándo!



4


He visto a Dios, de frente. Recién bajó de su moto-patrulla


luego de haber multado a quienes conducían su existencia a una velocidad


que se cree peligrosa para el resto del mundo.


Usaba el uniforme gris oscuro de ciertos militares de alto rango


henchido de galones y esa imponente cruz al mérito en batalla.



Lo pude ver en Auschwitz, a cargo de una hilera de mujeres desnudas


voz y labios resecos, los cabellos al rape, unidas con grilletes.


Sus ojos, moribundos, bien podrían ser mis ojos:


una pobre creyente, tan sola y humillada ante ese Dios enorme que la observa.


(La iglesia es otro campo de exterminio).



Cuando apenas buscaba mis papeles -acaso algún permiso de poeta-


el recio militar se descalzó las botas, arrancó sus medallas


la enorme cruz del pecho, el uniforme...


Se mostró así, desnudo, con el cabello al rape


como lo imaginaba cuando niña.


Bebió un poco de vino de mis ojos


y después subió al cielo.



También he visto al hombre.


Sus ojos, como alambres, custodian


segundo tras segundo, mi celda


de pellejo.



6


Beber


es regresar a la neblina


al vientre apolillado de mi padre


al origen del mosto.



Allí, mis lentos pies desnudos retumbaban muy grandes cada paso.


Todo un andar de viñedo a barrica, cava, aorta;


siempre menos mi piel


y más sus dedos.



Estuve atada a golpes con mi padre.


Sin que nadie supiera, él me nombraba suya; yo lo nombraba todo.


Qué de palabras me quedaron pendientes de una soga


lavadas y exprimidas.


Qué de pinzas hicieron de mis párpados


un húmedo y muy frágil tendedero.



Cortina tras ventana, mi madre vigiló


que mi vocabulario excluyera palabras amorosas.


Todavía las pronuncio


y el recuerdo del jabón de lejía hace un poco de espuma por mi lengua.


Pero fui descubriendo que el jabón de lejía no hace espuma en el vino.



Ni hace espuma la muerte.