1
La sonrisa de un loco
no se puede compartir.
Y está bien que así sea
el extraño rumbo de lo que vea.
Las calles del pensamiento
no tienen esquinas, sino viento.
A veces escribo
sin saber a dónde ir.
2
En el abismo del cuerpo
se despeñan los días.
Quedan las memorias
de lo que arañamos al aire,
algún surco en el cielo.
Lo que duele
no es la velocidad
de la caída,
sino lo imposible del vuelo.
3
El libro abierto
en la mesa de la terraza
y el sol que se tropieza
con la enramada.
Sombras que se confunden
entre la escritura,
de pronto leo en una mancha de luz,
pero solo entiendo de mis desventuras.
4
La copa que rebosa de tequila
y el ojo en ella sumergido.
Quién está más ebrio
bajo la luz del día,
el hombre que será o el que ha sido.
5
En algún momento hubo la oportunidad
de ser otro.
Acaso el sueño de otro como la nube
que apenas alcanza en la mente una forma
y se disipa traicionera.
Pero ni eso. Yo no desafié a nadie ni fui nada
de lo que ahora soy:
apenas el simple testigo y un escribano de algo tan obvio
como la belleza.
Me hubiera gustado, por ejemplo, ser el amante
de la mujer que amé, lo cual suena tan ridículo
como el dolor que se inventa un hipocondríaco
o la risa que se atrinchera en la mueca del idiota.
Arriba las nubes regresan a salvar tanta pereza del hastío.
Me vuelvo a conformar con lo que soy...