Libella





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Mario Heredia

Mario Heredia nació en Orizaba, Veracruz, en 1961 y reside en Guadalajara, Jalisco, desde 1989. Realizó el diplomado en creación literaria en la Escuela de Escritores de la Sogem, participó en el taller de poesía “Juan Bañuelos” y es maestro de narrativa en la Sogem Guadalajara. Tesorero del PEN Club Internacional, sección Guadalajara. En 1993 obtuvo el primer lugar en el Concurso nacional de cuento “Edmundo Valadés” (INBA), mención honorífica en el concurso “Benemérito de América”, en 1997, el Premio internacional de novela “Sergio Galindo”, en 2003 y el Premio nacional de cuento Agustín Yáñez, en 2006. Ha publi-cado el poemario Los espíritus de la música (1999), los libros de cuentos Los trece círculos del caracol (1993), A dos tintas (1997), Un bosque muerto (2003) y las novelas Memoria de mis huesos (1999 y 2005), Estas celdas que soy (2000), Las sagradas noches (2004).


Las sagradas noches


(fragmento)



Era viernes y sobre la mesa se paseaba una mosca. David la espantó con la mano, tomó el vaso embarrado de leche y lo olió. La mosca voló a su alrededor unos minutos y luego desapareció. Era un olor agrio, amarillo el que guardaba esa costra en el fondo y que manchaba las paredes de vidrio. Tenía mucho tiempo ahí, rodeado de morusas de pan mohosas y una mancha blancuzca de la misma leche. Ni eso habían limpiado, no cabe duda que les daba miedo esa casa y, ¿cómo había persistido ese olor después de tanto tiempo? Dio un manazo a la mosca que paseaba de nuevo por la mesa. Porque este veneno no huele, le había dicho el hombre de la misma y única tienda del pueblo que aún quedaba en pie y que él recordaba desde que era pequeño; solo debe poner una punta de la cucharadita en el migajón y con eso es suficiente, no necesita más. David se le había quedado mirando. No, no se preocupe, una gente necesitaría más de dos cucharadas para morirse. Y había creído ver una especie de mueca de complicidad en la cara del viejo, pero no había querido hacer mayor caso. El hombre tenía la misma cara huesuda y sin edad que recordaba desde la última vez que lo vio hacía más de cinco años; él y su tienda habían sobrevivido a la guerra, casi vacíos, pero en pie; algo que otros rostros más jóvenes y otras tiendas más nuevas no lograron.


Abrió la ventana y un viento frío inundó la cocina. La mosca salió volando y se perdió en el paisaje. Hasta ese momento se percató conscientemente del terrible encierro en el que estaba la casa. Entonces corrió por la estancia, el pasillo, abriendo puertas y ventanas, las cortinas, las mismas; corrió por las recámaras, el estudio, menos la alcoba de Alejandra. Esa no, mi querida Alejandra, dijo y siguió con su quehacer de revivir la casa. El olor a vómito que aún persistía después de tantos años se fue diluyendo dentro de un aroma a pinos y tierra húmeda que llegaba de afuera. ¿Cómo podía durar tanto un olor?, se preguntó; ¿existía en realidad? Por fin se sentó en el sillón verde de pana con mucho cuidado para no levantar el polvo y se dejó acariciar por un sol que apenas calentaba. Miró las paredes, estaban iguales, con los mismos platos colgados, los cuadros, el espejo... El calor y el canto de un pájaro lejano lo llenaron de paz, de extrañas esperanzas. Nadie ha pisado la casa. Pero había que concluir con el trabajo e irse por donde había llegado. Se levantó y volvió a subir las escaleras. No soy ningún ladrón, yo nací aquí y aún te quiero. Sentía la casa festiva, con esa luz y ese aire que se colaba por todas partes. ¿Y si me quedara? Toda ella iba despertando y David se topó con la marina de Veschel que tanto le gustaba a su padre y que él, desde pequeño, se había sentado a mirarse en aquel barco de vela sorteando las enormes olas que más que blancas parecían de plata pura. Todo te lo querías quedar tú y eso no era posible. Y creyó verla correr tras él con ese vestido azul que tanto odiaba, su cabello negro y sus zapatillas de charol blanco; creyó escuchar el ruido de las cuentas del rosario y sintió la mano que apretaba su mano y la dirigía hacia su frente: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Siempre me querrás, David?, ¿me lo juras delante de Papá Dios? Y lo había jurado ante ese crucifijo, con su traje de primera comunión que ya le quedaba chico y todo el fervor que aún podía guardar un niño que acaba de entrar a la adolescencia. Y también lo había jurado en la tina, exhausto e insatisfecho. Cambió su mirada hacia la ventana que estaba junto al cuadro. Una libertad no conocida hasta entonces le llenó los pulmones, ¿o era el viento frío?, ¿ese viento que ya no recordaba desde que había salido de aquella casa? Sí, todo es el viento, gritó; todo fue este maldito viento que tú no me quisiste dar más y yo necesitaba tanto. Cuánta mentira. No podía estar libre, no. Ahí estabas siempre; ahí tú y tus rezos, tus imágenes. Pero sabía que por más que la maldijera, no dejaría de extrañarla. Esa era la nostalgia; dolorosa y suave, persistente. Aire, gritó; quiero aire, lo que más extrañé.