LYSSA
Algunas veces el llanto es tan grande
que no fluye fácilmente por los ojos,
y se queda destruyendo la garganta
con los dedos asesinos de la asfixia.
El dolor se acumula poco a poco
en ese todo nuestro: cuerpo y alma,
crece cada vez, se multiplica;
propaga las simientes
y llena de hierbas nuestros campos
al miedo y la amargura siempre propios.
La herida, la llaga con obstinación oculta
tras el rostro que aparenta la sonrisa
se enfurece tal vez por su silencio
y desgarra y se expande y se convierte en grito,
en un grito tan grande, tan agudo,
que dejando atrás las voces del sonido,
se vuelve ola, río sin cauce,
embravecido, ciego destructor
que sacude el pensamiento en terremotos.
Y ya no vemos, ¿cómo vamos a ver?
Y ya no oímos, ¿cómo vamos a oír?
Y si hablamos a todos los demás, llevamos miedo,
tal si Lyssa estuviera en nuestra boca.
Lyssa, sí, la que delata,
la que delata la amargura, la injusticia,
lo pobre que se ha vuelto la conciencia
desde que el hombre, animal racional,
ha querido convertirse en máquina...
La deshumanización del arte y la del hombre,
el cubismo: geometría del subconsciente,
la dinámica: legislación del movimiento
y el átomo, ¿podrían tal vez medir las emociones
con los nuevos fantasmas radioactivos
que llevan las milicias en sus cápsulas?
La que delata nuestro ser sensible,
ser pobre, indefenso, vulnerable,
la que habita nuestro ser hasta volvernos locos,
contagiar el temor y despertar la lástima.
Al pasar por las sombras de la duda,
llegar al tormento de la angustia,
el sentir cómo nacen los espectros
que desde que el hombre es hombre nos habitan.
Esa muerte en verdad mil veces muerte,
esa implacable, cruel, recrudecida
que corroe las entrañas, los cerebros;
es la razón para volverse loco,
perro rabioso encadenado,
encerrado en la prisión sin muros de sus quejas,
en la prisión más cruel, la de su vida.
Y después... después
cuando la inundación se calma,
cuando con ojos de extrañeza despertamos
a la real realidad que nos circunda
vemos las sospechas y la duda
y todo lo perdido en el derrumbe.
Nos hallamos otra vez en el principio
y qué largo es el camino del pasado,
qué largo es el camino hasta el presente,
qué lejano e imposible es el futuro
si vemos la marcha torpe y titubeante,
si lo único que nos impulsa y sostiene
es la luz alcanzada a través de la amargura,
esa que lleva por nombre
el doloroso error reconocido.